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jueves, 20 de junio de 2013

Aquellos noventa.



 Humberto apenas podía con sus ojeras el día de su boda. Se casaba en un año bien duro del llamado "Período Especial en tiempos de paz".

Así que esa misma madrugada la había dormido en un portal de la calle Monte en espera  de  la empanada de carne "asignada " ,  bien regulada por una  una tarjeta especial  en honor a su fecha de enlace . Se incluia también en aquel  "bendito" racionamiento  un  cake, cervezas, refrescos y cinco  botellas de ron.
Aún así  celebró una fiesta digna para tan malos tiempos. El descuidado jardín de lo que aún era una majestuosa  casa en Vibora Park sirvió de marco a un alegre, familiar y divertido festín.
Con apenas seis meses de vida intercalabas horas del sueño en tu habitacíon y otras tantas en la sala , jugando a engañar  las amargas y calientes horas de los temibles apagones de ocho horas contínuas . Tú, con tu "osito" en la almohada,  dormido y protegido , yo con mi mano fusionada a un improvisado abanico.
No nos acostumbramos al picoteo de  los pollos de Angelito en el tejado , pero si  a sonreir con  tu gracioso caminar entre las brumas fantasmales de la casa.
Saliste "lechero", matemáticamente fatal para que rindiera el único litro diario. Por suerte tu amistoso paladar admitia  cualquier otra etiqueta conseguida , ya se tratara de leche condensada,  evaporada, de vaca  y hasta de chiva.
Luego, le  contabas cuentos viejos al abuelo ya nuevo de tanto quererte.

Si que fueron tiempos difíciles, se que también se vivieron con deseos, corazón e intensidad. Porque a pesar de tantas dificultades , a pesar de tantas escaceses, nos alimentaba la esperanza e irradiabamos un poco de optimismo y mucha, pero mucha fé.

Es por ello que hoy quiero compartir el  siguiente escrito :

miércoles, 5 de junio de 2013



¡Éramos tan sanos!


Un estudio aparecido en el British Medical Journal asegura que fueron beneficiosos para la salud de los cubanos el hambre y las vicisitudes que padecimos durante los años del Período Especial.

Según dicho estudio, en aquellos años, debido a la drástica disminución en la ingestión de calorías y la consiguiente disminución del peso corporal de las personas, se redujo considerablemente la mortalidad por diabetes y enfermedades cardiovasculares en Cuba.

También asegura el estudio que fue muy beneficioso para los cubanos que la dieta forzosa se viera complementada por largas caminatas y los viajes en bicicleta a los que nos vimos obligados porque la falta de combustible hizo que colapsara el transporte público.

Para los que vivimos aquellos duros años 90, cuando parecíamos zombis a los que, de tan flacos, las raídas ropas se nos caían del cuerpo, resulta insultante la desfachatez de estos doctores que, si no son cretinos con diplomas, deben ser fieles admiradores de Joseph Mengele.

¡Extraño y bien insensible modo el de estos doctores de calcular la mortalidad! Debían explicar que en aquellos años disminuiría la mortalidad por diabetes y enfermedades cardiovasculares, pero aumentaron los suicidios por pura desesperanza, los devorados por los tiburones y los ahogados en el estrecho de la Florida. Y ya que hablan de la conveniencia de combatir el sedentarismo, cómo no, también de los ciclistas fallecidos en accidentes de tránsito o los que mataron para robarles sus bicicletas.

También hubo muertos e incapacitados por enfermedades propias de campo de concentración, como la polineuritis que padecieron millares de cubanos. Las autoridades sanitarias del régimen atribuían la rara enfermedad al abuso del alcohol y el tabaco para no admitir que se debía a la desnutrición.

Pero supongo que los autores del estudio, científicos al fin y que solo entienden de cifras y experimentos, no deben estar demasiado interesados en este tema. Después de todo, se trata del Tercer Mundo, específicamente de cubanos.

Las personas, que se iban para el trabajo con un vaso de agua con azúcar o un cocimiento de jengibre, hojas de naranja o caña santa como desayuno, se desmayaban en las guaguas, en la calle; los niños en las aulas, los presos y los reclutas en las formaciones, pero es posible que no hayan sido demasiados los cubanos que fallecieron de inanición durante el Periodo Especial.

Sé que siempre habrá alguno que diga -y tendrá razón- que en el África subsahariana es mucho peor. Pero eso, al menos a mí, no me sirve de consuelo.

Según el estudio, en la primera mitad de los años 90, la dieta de los cubanos se redujo de 3,000 calorías diarias por persona a 2,200. Es poco, pero basta para no morir de hambre. En 1946, la doctora Adelheid Wawerka afirmó que “una dieta de sólo 1,500 calorías diarias es demasiado pequeña para vivir, pero demasiado grande para morir”. Los cubanos, siempre tan excepcionales, tuvimos a nuestro favor 700 calorías de más para sobrevivir. Al menos según el estudio del British Medical Journal.

En realidad, estuvimos más cerca de la “inanición científica” de que hablaba la doctora Wawerka que de las 2,200 calorías que dicen en el British Medical Journal. Incluso hoy, debido al alto costo de los alimentos en relación a los bajísimos salarios, no son muchos los cubanos que pueden ingerir esa cantidad de calorías.

La dieta de los cubanos de a pie (por supuesto que no me refiero a la élite privilegiada y a los ricos que ya hay) sigue bien distante de las 2,500 calorías que se supone debe consumir diariamente un adulto. Se calcula que la dieta diaria de un cubano promedio -de los que comen viandas, arroz y frijoles y de vez en cuando, si tienen dinero, vegetales, huevo y pollo- está por debajo de las 1,500 calorías.

El estudio del British Medical Journal considera que éramos un pueblo más saludable en los años del Periodo Especial, cuando estuvimos a un pasito de la olla colectiva. Pero, en vez de quedarnos como estábamos, bien flacos, con las costillas afuera y los pantalones cayéndose, apretando el culo y dándole a los pedales de las bicicletas que enviaron los camaradas chinos, en cuanto autorizaron las remesas, despenalizaron el dólar, acudieron los inversionistas extranjeros y Venezuela sustituyó a la Unión Soviética, nos dio por comer un poco más y mejor y por recuperar las libras que habíamos perdido. En consecuencia, nuestro castigo fue enfermar de diabetes y sufrir infartos y accidentes cardiovasculares.

¡Malagradecidos que somos los cubanos! ¡Cuánto nos quejábamos del Período Especial, cuando éramos tan sanos! ¿Será cierto eso de que uno nunca sabe lo que tiene hasta que no lo pierde?

Luis Cino
Cubanet, 22 de abril de 2013.