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miércoles, 9 de junio de 2010

En busca del Solanum perdido o la última Saccharum plantada.



Por estos días, recibí un correo de una amiga, donde me cuenta, entre otros detalles ,que están siendo movilizados en su centro laboral dos veces por semana , para realizar labores de cultivo de caña de azúcar.
El problema, es que no hay personal que quiera sembrar caña, me dice, a lo que agrega: tenemos por delante quince campos para cultivar y solo vamos por el primero, lo peor, es que llevamos solo dos jornadas trabajando el terreno y me es suficiente para estar exhausta.
La noticia no me resulta para nada distante y ajena, como no lo seria para cualquier cubano desarrollado en  los últimos sesenta años de nuestra historia .
Muchos nacimos ya involucrados en los nombrados “trabajos voluntarios”, para hoy, un utópico adjetivo, remembranza del paso por nuestras tierras del inolvidable Ernesto“Che” Guevara.
Movilizaciones que hicieron historias , como el famoso Cordón de la Habana , reconocida como una de las tantas locuras del Emperador  en  la década del 60. La periferia de la Capital quedaría bordada para entonces de alineadas y firmes posturas de café , a pesar de las intervenciones del máximo líder ,asegurando que no solo seriamos una potencia mundial azucarera , sino también potencia cafetalera, el arbusto estimulante no creció ,  tampoco pudo resistir a la tierra yerma  ni al intrépido Sol ,que como astro libre , calentaba cuando y cuanto pretendía , contrario a los errados cálculos de algunos .
Desde entonces, tantos y tantos brazos sudados han enarbolado un machete a lo largo de las gloriosas zafras azucareras de los pasados años, tantas y tantas limas han sido devoradas por las hambrientas alfanjes en todo este período. Cientos de macheteros, millonarios de arrobas, atléticos y descalzos, frente a miles de  dirigentes rollizos con finas carpetas  y  botas , parásitos de informes.
Nuestros campos se inundaron de escuelas , donde se combinaba el estudio con el trabajo en  la agricultura , desde niños comenzamos a lidiar con cultivos tan duros como el tabaco , aprendimos a preparar sus terrenos , luego esparcimos sus cogollos , los curamos y protegimos de malas hierbas , entre parihuelas y gusanos de seda recibimos el tiempo del deshoje y el deshijo , ejercimos de juez en la selección de los mejores retoños y como finas arañas , los concluimos , bien cosidos y atados en los cujes de las ambientadas vegas , donde dejarían atrás su verde esperanza para pasar a un color más terrenal , el mismo que quedaría impregnado para siempre en nuestras burdas camisas de trabajo , salpicadas  con las acaloradas firmas de nuestros compañeros de fin de curso.
Luego llegarían veranos de Universidades en los fangos rojos y negros de Guira de Melena y Batabanó, trabajando la rica  berenjena y el dulce boniato. 
Incontables sábados y domingos de nuestra vida laboral han estado dedicados a la recogida del tomate, coles y lechuga.
Pero ninguno me proporcionó tanto fruto como aquel llamado del 7 de Diciembre del 90 , acudí orgullosa a la distinguida cita con mi maleta , lista para incorporarme un mes a la recogida de papas en el pueblo de Guines , resultó un acto emotivo , el local resplandecía de una juventud henchida con la ilusión de convertir nuestro brío ,en aporte decisivo de un nuevo futuro , como  ardua  tarea de alimentar un país.
A riesgo del implacable frío madrugador y el enorme esfuerzo desplegado , nuestro ejemplo no trascendió por mucho tiempo .Sin embargo , su valioso legado  me llegó tres años más tarde, al contener entre mis brazos a mi ansiado hijo ,como regalo legítimo y de verdadera creación , esa que no proviene de marejadas de un día ,ni de aplausos de una noche , pero aún hoy , me rememora las intensas jornadas frente a un profundo y extenso surco , aquel ,que por mucho que te empeñes o te afanes , no alcanzas nunca acariciar el horizonte .